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Desde finales del siglo pasado, las relaciones entre las empresas y los profesionales han ido sufriendo una transformación tan gradual que apenas nos hemos dado cuenta. El viejo vínculo entre el empresario y el empleado ha ido desapareciendo al mismo tiempo que los propietarios dejaban de tener nombre y apellidos y se transformaban en accionistas anónimos. Por esa razón, ya no son útiles las viejas formas de desarrollo profesional. El concepto de carrera profesional ha perdido mucho de su sentido. Una carrera era eso, un grupo de gente corriendo por una pista, con unas reglas establecidas y en las que había ganadores, perdedores y descalificados.

En este momento, la trayectoria de un profesional es más parecida a la conquista de una montaña o a atravesar el Atlántico en solitario. Creo que hay que dejar de hablar de carrera profesional, de empleados y de compromiso (unilateral) y debemos empezar a hablar de proyectos y estrategias personales y profesionales. Ya no hay rutas marcadas, ni caminos establecidos de antemano. El control lo debemos asumir nosotros porque las normas tradicionales ya no son válidas.

Ahora cada uno debe ser capaz de diseñar, desarrollar y gestionar su propio plan estratégico profesional. La forma de hacerlo no es muy diferente a lo que se denomina Gestión de Proyectos aunque también tiene muchas similitudes con los niveles lógicos de la PNL. Es curioso como al final lo técnico y lo humano acaban solapándose.

El diseño de esta estrategia o proyecto constaría de las siguientes etapas:

1. - Alcance (Para qué). Debes definir el ámbito en el que quieres desarrollar tu proyecto profesional. ¿Cuenta propia o ajena? ¿Ascender en una multinacional o convertirte en un experto de reconocido prestigio? ¿Ser valorada como una profesional con la que hay que contar a pesar de los prejuicios de género y los techos de cristal? ¿Tener esa profesión con la que sueñas aunque no tenga nada que ver con tu historia académica? Es importantísimo centrar el territorio en el que vas a situarte porque las herramientas, recursos y la forma de actuar van a ser diferentes. Si no defines tu “nicho” con claridad y de la forma más precisa posible, vas a perder muchas oportunidades al tratar de llegar a todo.

2. - Identidad (Quién). En segundo lugar debemos definir cuál es nuestro rol o nuestros papeles personales y profesionales. Nos hemos acostumbrado a ser lo que otros (padres, políticos, educadores, entorno,…) quieren que seamos y hemos acabado asumiendo que somos lo que dice nuestra tarjeta de visita o una Job Description. Mujeres, mayores, jóvenes, albañiles, licenciados, perdedores,… Nos pasamos la vida interpretando papeles que no nos corresponden o que solo son definiciones parciales de lo que somos. Para poder elaborar un proyecto profesional debemos ver más allá y reflexionar sobre todos los papeles que nos toca interpretar y las cualidades que se asocian con ellos. Puede que seas un Ingeniero de Telecomunicaciones, pero también puedes ser una mujer y además entrenar un equipo de críos en tu barrio. Todos esos roles son útiles para crear tu proyecto profesional y no debes quedarte solo con uno. Esto no es filosofía, esa lista de fortalezas y aportaciones asociadas a cada uno de esos roles forman parte de la “materia prima” con la que construirás tu profesión. No te limites, ni dejes que otros te limiten (aunque lo hagan con todo el cariño del mundo).

3. - Motivación y Valores (Porqué). ¿Qué es lo que te mueve? Si no tienes una razón sostenible que te haga ponerte en marcha, la estrategia estará destinada a fracasar. No es lo mismo un motivo como un despido que una motivación como la de disfrutar haciendo lo que te gusta. Por eso es fundamental que descubras aquello que te apasiona y luches por conseguirlo. Aunque sea mientras trabajas en algo que te da de comer. El hecho de pensar que estás trabajando por tu sueño, ya es suficientemente motivador. También debemos tener muy claro los límites que no estamos dispuestos a tolerar que se traspasen o el precio que estamos dispuestos a pagar para alcanzar esos objetivos. Sin una definición clara de las prioridades solo generaremos desconfianza al ir dando bandazos en función de las circunstancias y nos desviaremos del rumbo establecido.

4. - Objetivos (Qué). Es imprescindible tener un destino, una meta ambiciosa pero realista. La función de ese objetivo va a ser la de guía, la de faro. Nos va a mantener centrados y nos va a evitar perder recursos (tiempo, dinero,…). No se trata de alcanzarlo, lo importante es que vayamos tomando medidas que nos acerquen a él. Quizás no podamos llegar a ser el Director General de una multinacional farmacéutica, pero tener ese objetivo claro nos va a facilitar la toma de decisiones.

5. - Producto. Los expertos en proyectos lo llaman “deliverable”, entregable. Es aquello que podemos hacer por los demás. De nada nos sirve tener clara nuestra identidad, motivaciones, valores y objetivos si no tenemos algo que dar a cambio. Nuestro “producto”, nuestra oferta profesional es lo que nos hace valiosos. Es aquello por lo que otros estarían dispuestos a pagar. No es un título, ni un cargo, ni un diploma colgado en la pared. Es aquello que hacemos y que les permite a otros ser más (rápidos, ricos, eficaces,…) o mejor. Lo más maravilloso de esto es que todos tenemos algo útil que ofrecer y que nos distingue. Hay millones de necesidades sin satisfacer en las empresas, de personas que tienen problemas o necesidades de mejora. Solo tienes que encajar aquello en lo que eres bueno con lo que otros necesitan. Combina tus estudios, tus experiencias de todo tipo, tus habilidades y tus pasiones, agítalos y verás lo que sale. ¿Un ingeniero con habilidades humanísticas? ¿Un historiador con visión estratégica? ¿Un pintor aficionado a las redes sociales? ¿Dónde puedes encajar?

6. - Posicionamiento. Pero tener un “producto”, una oferta profesional, es condición necesaria pero no suficiente. Debes ocupar un lugar en la mente de quienes has definido que serán tus “clientes” (empleadores, jefes, colegas, colaboradores,…). Debes “plantar tu bandera” en la cabeza de aquellos en los que quieres que te recuerden. Puede que seas un buen contable, pero ¿Eres rápido o metódico? ¿Te llevas mejor con las personas o con las máquinas? Quizás eres un médico que realiza unos diagnósticos perfectos, pero ¿Eres humano o frío? ¿Divertido o pelma? Debes descubrir los atributos, las palabras con las que otros definen lo que perciben de ti. Y la mejor forma es una que da algo de miedo, preguntar. Todos los atributos son válidos. No se trata de cambiar o de ser “otro” sino de conocer la forma en que otros te perciben y encontrar el sitio en el que encajes mejor. También es muy importante que seas capaz de generar confianza. De nada sirve ser muy bueno si nadie confía en ti. Para transmitir credibilidad puedes hacerlo de dos maneras, en primer lugar comportándote de forma coherente a lo largo del tiempo y en segundo lugar, dando muestras, pruebas de tu trabajo o conseguir que otros hablen de ti.

7. - Promoción. Una vez superadas las etapas anteriores, aunque este es un ciclo de mejora continua que nunca acaba, es muy sencillo hacerte visible. Sí, debes comunicar lo que haces a quienes quieres que te conozcan. De nada sirve ser bueno y tener perfectamente definido el posicionamiento que quieres ocupar en el mundo, si no te conoce quien debe conocerte. Es el momento de utilizar todas las herramientas y medios que tenemos a nuestro alcance. Ya no tenemos que conformarnos con un CV y una Carta de Presentación. Ahora podemos llegar, literalmente, a todo el mundo, todo el planeta. Puedes publicar libros, escribir artículos, hacer amigos en todas partes. Puedes conectarte con el responsable del departamento que te interesa en la empresa que siempre has soñado. Networking, redes sociales, blogs,… Las posibilidades son infinitas, pero antes de ir a llamar las puertas que te interesan debes tener claro lo que ofreces y la forma de comunicarlo. No puedes ni debes hacer perder el tiempo a nadie o irás quemando naves. Puedes generar confianza dando las pruebas, muestras de lo que ofreces. Fotos de tu trabajo, demostraciones de software, videos en los que explicas cómo hacer cosas, blogs en los que das tu visión profesional de los acontecimientos, testimonios de gente que te conoce… el límite es la imaginación. Ya no tienes que contar lo que sabes, puedes demostrar que eres capaz de hacerlo.

Por lo tanto, se trata de ir de dentro hacia fuera, de la identidad, valores y creencias al entorno. Se trata de identificar los recursos propios y ajenos (familia, dinero, tiempo, mentores, energía…) y combinarlos para crear algo que tenga valor para otros, tu producto, tu oferta profesional.


Si consigues que otros te perciban como deseas y te asocien con una forma de hacer las cosas, te convertirás en un profesional deseado. Para eso debes aprender a comunicar, a perder el miedo a hablar de lo que haces. Lo egoísta no es decir lo bueno que eres, sino serlo y ocultarlo sin que nadie se beneficie de ello.

Con todo eso podrás obtener el reconocimiento (ascensos, contratos, premios…) y los recursos (dinero, tiempo, herramientas…) que necesitas para alcanzar tus objetivos (el trabajo que deseas, más tiempo para ti y tu familia, independencia financiera…).

Y no te olvides que un proyecto o estrategia profesional no es un plan rígido, solo es una guía que tu mismo vas a “programar” y que te va a facilitar tomar las decisiones. Podríamos decir que es tu propio sistema operativo personal en el que puedes añadir o eliminar programas pero que va a permitirte funcionar según hayas decidido.

No es cuestión de dinero o de recursos solo al alcance de unos pocos. Se trata sobre todo de reflexionar sobre uno mismo, sobre su “materia prima” y encontrar la forma de utilizarla y conseguir que otros te premien por ello. Y sobre todo, actuar.

Andrés Pérez Ortega es profesor de Marca Personal de NTIC Master en el

Máster en Marketing Digital, Social Media y Community Manager de la Universidad Complutense de Madrid

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